viernes, 5 de marzo de 2010

Vientos de la Norteamerica Profunda

Fue durante mis vacaciones en Punta del Este donde encontré en una disquería algunos discos a un precio irresistible. Similar a los valores que se encuentran en Buenos Aires, fue la oportunidad de armarme de una buena dosis de rock norteamericano en su corriente neo-country y americana: Easy Tiger de Ryan Adams, OH (ohio) de Lambchop y The Golden Age de los American Music Club.


Vamos por parte. Easy Tiger, es un álbum que chorrea la maestría del cowboy alternativo de Jacksonville. Editado el año 2007, contiene muchas piezas notables que lo convierten sin duda en su mejor disco. El talento de Adams - que poco a poco se acerca a la genialidad del desaparecido Jeff Buckley - emana de forma serena en temas como "Two", "Everybody knows" y "Oh, my god, whatever, etc" como queriendo soplarnos al oído, mientras los fantasmas de Hank Williams resucitan en temas como "Tears Of Gold" y "Pearls On A String". Con "The Sun Also Sets" nos grita con todas sus fuerzas que al fin el sol se levanta y en la balada western "Rip Off" - una de las cumbres del disco - se confiesa: "Puedo ver las lágrimas mucho antes de que conozcan tu cara". Finalmente, una harmónica llora a lo largo de "I Taught Myself How To Grow Old" con un Adams que se muestra tímido y solitario "La mayoría de las veces no tengo nada que decir/ y cuando lo hago, nadie está ahí para escucharlo".




Lambchop y su OH (ohio) de 2009 sigue el camino que la banda de Nashville viene trazando desde comienzo de los '90 , un ejercicio de estilo que Kurt Wagner y compañía saben hacer, y muy bien. Desde el comienzo, con "Ohio" la atmósfera se cubre de ese sonido tan característico, único , que al igual que Tindersticks, los hace inconfundibles. El disco continúa con "Slipped Dissolved And Loosed", "I'm Thinking Of A Number", "National Talk Like A Piarate Day" y sigue con una colección de canciones salidas del alma, el corazón y la tierra de un hombre que vive sobre las praderas brotadas de la semilla de la canción americana. Con la exquisita "A Hold Of You", Wagner se parece a Bill Callahan cuando dice "porque no puedo apoderarme de tí / no puedo apoderarme de tí" y en "Of Raymond" los arreglos se tiñen de sonidos a lo Scott Walker. En la tremenda "Close Up" nos dice "No toques mi vena con tu nueva aguja/ no tengas miedo del escarabajo del pino / sólo ten la seguridad de que abrá otro día" y en la despedida con "I Believe In You", somos nosotros los que terminamos convencidos que seguiremos creyendo en la magia de Lambchop.



The Golden Age, es una obra del 2008 a la cual tenía apetito desde que leí su crítica en revistas como Rock de Lux y Go Mag, las que coincidían en que se trataba de un inesperado regreso a los orígenes de American Music Club. Al escucharlo, el álbum irradia una atmósfera optimista que deja atrás las secuelas de un periodo más oscuro, principal objetivo que la banda se propuso al grabar el disco y en donde Mark Eitzel - lider de la banda - dice al respecto "Queríamos un álbum que capturase y reprodujese el sonido de los discos clásicos de American Music Club". Canciones muy melódicas, con letras sencillas que recorren paisajes emocionales o que retratan más las tristezas que alegrías de una vida compleja - la de su autor, Eitzel -, es lo que contiene este disco de 13 piezas. "The Sleeping Beauty", "The Stars", "All the Lost Souls Welcome You to San Francisco" , "Who You Are" - una tras otra - son canciones notables y la grandiosa "The Windows on the World" es un hermoso manifiesto post-11S, con sus heridas aún abiertas. El final, con "The Grand Duchess Of San Francisco" y sus cortos dos minutos y medio cierra de manera precisa un festín de canciones que se devoran pero que no se consumen nunca.


Tres vertientes de sonido que fluyen por la norteámerica profunda y desembocan en grandiosos discos. Eso son Easy Tiger, Oh (Ohio) y The Golden Age, vientos del norte que llegaron hasta mi cabeza y se quedarán por mucho tiempo sonando entre mis días.

domingo, 31 de enero de 2010

Into the Wild


Como cualquier manifestación de arte, el objetivo del cine debe ser el descubrimiento de emociones y nunca la satisfacción inmediata de los sentidos. La separación entre pura diversión - léase películas como Avatar - y la emoción está a kilómetros de distancia, pero la diferencia entre películas que buscan emocionar a cualquier precio y aquellas que naturalmente emocionan es tan sutil que muchas veces a simple vista no la notamos.

Lo que el cine tiene que hacer es provocarnos y arrancarnos esos sentimientos que están guardados y que siempre cuesta encontrarlos. Porque el cine es arte no sólo por su belleza. Es arte porque en su esencia transporta un mensaje que debe ser decodificado. Así su gracia nunca está en el mensaje explícito, sino en lo implícito. Es lo que no se ve en pantalla, pero se siente. No soy fan del cine efectista, porque lo que busca no es la emoción, sino la complacencia fugaz. Lo que trasciende es el fondo, nunca la parafernalia con que se presenta. Dramas ganadores del Oscar como "El Paciente Inglés" (1996) o "Rescatando al Soldado Ryan" (1998) son claros ejemplos de un cine que sólo pretende emocionar con un mensaje fácil, digerible, lleno de grandes frases y momentos para el bronce.

"Into the Wild" (2007) de Sean Penn es una película de la cual había escuchado y leído en críticas, cuyo mensaje conocía - me imaginaba su ansia por el Oscar - y por lo tanto desconfiaba. Pero esta equivocado. Haciendo zapping en el cable me la encontré y decidí darle un oportunidad, descubriendo para mi sorpresa una película hermosa. Basada en el bestseller del mismo nombre, escrito por Jon Krakauer en 1996, se trata de una historia real, en la cual un joven llamado Christopher McCandless decide renunciar a la sociedad - cansado de la cultura de la tecnología y del consumo - y lanzarse a la vida salvaje. Antes de partir, dona todos sus ahorros y se deshace de sus documentos de identidad y seguro social. Como en una road movie, toma camino por la carretera norteamericana en un viejo auto que a poco andar debe abandonar. Así su travesía la sigue a pie haciendo auto stop, oportunidad con la cual se va armando de memorables amistades, a pesar de su propio discurso de que las relaciones humanas no valen y que la verdadera felicidad está en la soledad, alejado del sistema.


Para vivir en contacto con la naturaleza decide que su meta es Alaska y sigue el viaje armado de un rifle, algunos utensilios y un puñado de libros, su única pasión. Por suerte en ese lugar inhóspito encuentra un viejo bus abandonado, al que bautiza como el bus mágico. En medio de lo verdaderamente salvaje, cree sentirse pleno y feliz, cazando animales y devorando sus libros. Llegado el invierno con lo único que puede alimentarse son las plantas, así que sale a recolectarlas con la ayuda de un libro que lo guía a seleccionar aquellas que no son venenosas. Pero un día comete un error comiendo de una planta que no debía y moribundo, se da cuenta de ello demasiado tarde. Llora, pero no es dolor físico ni la conciencia de que morirá lo que lo provoca. Lo que duele es saber que no tendrá otra oportunidad, porque se da cuenta que se siempre estuvo equivocado. Alcanza a escribir en la página de uno de sus libros: la felicidad es real sólo cuando es compartida. Congelado en sus últimos momentos, recuerda a sus padres y a sus amistades y sueña con un reencuentro que sabe no ocurrirá. "¿Estarán viendo ellos, lo que yo veo ahora?" es su último suspiro al darse cuenta demasiado tarde que la esencia de nuestra humanidad está en las relaciones y que la vida sólo se trata de compartir con otros.

"Into the Wild" nos muestra lo que pasa cuando no pasa nada. Cuando estamos solos y el silencio grita y nos envuelve como a una presa. Nos dice que abandonar el sistema no significa abandonar el mundo. Que los lazos humanos nunca no se rompen, sino que se estiran o se comprimen como un resorte. Así lo que desgarra a nuestro protagonista no es el frío que lo congela, sino la ausencia y el dolor de saber que su versión del sueño americano no existe. Como aquella hermosa canción de Dead Can Dance llamada "American Dreaming": hemos estado demasiado tiempo viviendo el sueño americano / y creo que todos hemos perdido el camino.

viernes, 15 de enero de 2010

La Soledad de los Numeros Primos


Como me ocurrió con otras novelas, llegué a la exquisita "La Soledad de los Numeros Primos" (2009) convencido de las buenas críticas que había leído de ella en diarios y revistas. Opera prima del italiano Paolo Giordano, cuenta la historia de encuentros y desencuentros de Mattia y Alice, dos chicos a los que las circunstancias de la vida los une pero que también las separa, como dos imanes con polos opuestos.

El desarrollo de los personajes y la perfección de los detalles que hace Giordano es notable en una prosa que se lee muy simple pero que está llena de sutilezas y de momentos cargados de emoción. La historia entre ambos protagonistas comienza en los años de escuela, cuando en un primer encuentro Alice invita a Mattia a una fiesta. Desde ahí todo se vuelve confuso para ambos en una relación muy intima pero que no logra explotar, como si se tratasen de dos números primos: Mattia pensaba que él y Alice eran eso, dos primos gemelos solos y perdidos, próximos pero nunca juntos.

Corre el tiempo y en su paso por el Instituto las cosas se tornan más desoladoras tanto para Mattia como para Alice, pues piensan que el sentimiento que los une es lo único que los mantiene vivos y que a causa de ello lo que ocurra a uno inevitablemente afectará al otro:

"Los años del instituto fueron para ambos como una herida abierta, tan profunda que no creían que fuera a cicatrizar jamás. Los pasaron como de puntillas, rechazando él el mundo, sintiéndose ella rechazada por el mundo, lo que a fin de cuentas acabó pareciéndoles lo mismo. Habían trabado una amistad precaria y asimétrica, hecha de largas ausencias y muchos silencios, como un ámbito puro y desierto en el que podían volver a respirar cuando se ahogaban entre las paredes del instituto."

El clímax en la historia llega cuando Mattia acepta una beca en el extranjero. "En aquel lugar lejano e ignoto estaba su futuro de matemático, había una promesa de salvación, un espacio incontaminado donde todo era aún posible. Mientras aquí no tenía más que a Alice, y el resto era desolación". La suerte estaba echada. La regla de los números primos se cumplía una vez más: dos corazones rotos, solitarios, como números que están muy cerca pero que nunca se tocan. Con el tiempo, mucha agua corre bajo el puente y las circuntancias juegan una vez más con ellos.

Giordano experimenta con esta novela esa soledad que a veces nos atrapa, que nos acoge y nos susurra al oído y que otras veces nos asusta porque no sabemos hasta cuando nos acompañará. Nos muestra los momentos cuando todo es silencio y contemplación. Cuando los sentimientos ahogan y no quieren explotar. Cuando la magia esta allí al lado y nos roza pero no la atrapamos.

"La Soledad de los Numeros Primos" no es un manifiesto a la soledad, sino más bien, a la belleza de las cosas que duelen y que nos convierten en lo que ahora somos.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Hope Sandoval: hermosa condena.

Después de ocho años y cuando creíamos que no volveríamos a escuchar nada nuevo de la hipnótica voz de Hope Sandoval, aparece el flamante álbum Througth The Devil Softly. Segunda obra junto a The Warm Inventions, contiene una colección de canciones que parecen ya escuchadas o conservadas en frío en nuestras conciencias, pues mantienen la atmósfera de sus anteriores discos y eso, - y sólo en contadas excepciones como aquí - se agradece.

Las guitarras rasgadas de "Blanchard" comienzan el viaje al interior de Througth The Devil Softly, un mundo iluminadamente melancólico y bañado de sutileza, ese del cual estamos mal acostumbrados desde su primer álbum con Mazzy Star. La segunda parada está en la onírica "Wild Roses", seguida de la muy mazzy "For The Rest Of Your Life". Al llegar "Lady Jessica and Sam", su sonido comienza a embriagarnos en una fría noche alrededor de una fogata y "Sets the Blaze" nos envuelve en la espesura de un bosque habitado por duendes. Con "Thinking like that" estamos atrapados por violines en un dulce sueño y en "There`s a Willow" es la armónica el ingrediente principal del cóctel que termina turbándonos.

"Trouble" es sin duda la mejor canción del disco, una intensa pieza que brota en una madrugada de niebla entre pastisales húmedos y que no desvanece aún cuando sale el sol. En "Fall Aside" el disco muta en colores psicodélicos con toques a The Doors - los chamanes que visitaban a Jim Morrison también le quitan el sueño a nuestra chica - y en la estremecedora y sureña "Blue Bird" es su alma quien nos susurra al oído. Las olas de una playa se escuchan al comienzo y al final de "Satellite", canción que concluye el viaje por los terrenos del disco.

Througth The Devil Softly es el mismo embrujo, la misma estocada en el mismo vientre. Si, porque con cada disco de Hope Sandoval pasa lo mismo que con Radiohead: no queremos reinvenciones, sólo queremos una nueva dosis de una música que es frágil pero que con cada escucha nos vuelve más fuertes. Como en la película "El día de la Marmota" (1993) de Harold Ramis, donde el personaje de un periodista interpretado por Bill Murray despierta cada mañana en el mismo día, el "día de la marmota" que se celebra cada año en un pueblo de Pennsylvania. Al principio ello lo enfurece, pero con el correr de los mismos días los hechos lo convierten en un mejor hombre. Nosotros, con las canciones de Hope Sandoval, sufrimos la misma hermosa condena.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

El sabor de la vida

Cuando creemos que en el cine ya hemos visto de todo, aparecen pequeñas películas como "Den Brysomme Mannen" (2006), que nos muestran a través de una fábula kafkiana una oscura mirada a la vida moderna.

Dirigida por el noruego Jens Lien y filmada en Islandia, este fresco film con toques de humor negro, retrata la llegada de un hombre llamado Andreas - en autobús, desde no sabemos dónde - a una extraña ciudad sin nombre. De inmediato, le asignan un departamento, un auto y un trabajo que parecen perfectos. Confundido, comienza a llevar una rutina en medio de una ciudad en donde las personas le parecen vacías e individualistas. Comienza a visitar bares pero las bebidas no tienen alcohol - él se siente solo y quiere emborracharse pero no hay caso-, las comidas no tienen olor ni sabor y los temas de conversación del resto de los mortales son siempre superficiales. Pronto conoce a una mujer y se mudan a una gran casa. Su relación es tan fría - el sexo es un acto mecánico -, que luego se enamora de una chica que parece más sensible. Pero se equivoca. En ese lugar, donde todo parece prefabricado y nadie tiene emociones ni sentimientos, lo comienza a embriagar una sensación de ahogo y sólo desea escapar. Entonces se intenta suicidar arrojándose a las vías del metro - las escenas aquí son simplemente delirantes -, pero ello también le sale mal.

En medio de esa ciudad perfecta - tan limpia, pero tan gris a la vez- , donde todo el mundo vive feliz en pos del consumo y donde no hay niños que griten ni problemas que resolver, Andreas cree ser el único que extraña el sabor de la vida hasta que conoce a Hugo, un hombre que guarda un secreto en el sótano de un edificio: un agujero en la pared por donde se escucha una lejana melodía. Curioso, Andreas comienza a cavar un túnel hasta el otro lado, y pronto se escuchan risas de niños y se sienten olores exquisitos. ¿Que hay del otro lado? ¿Se trata acaso del mundo real que Andreas extraña?. Cuando está a punto de cruzar al otro lado - lleno de colores, sabores y aromas - , unos agentes lo atrapan y lo envían de vuelta - como a un exiliado - al misterioso autobús desde el cual llegó a la ciudad. En medio del viaje - nuevamente a no sabemos dónde - Andreas se baja a medio camino, esta vez, en medio de la nada.
"Den Brysomme Mannen" es la mirada ácida a una sociedad de consumo, en que los valores sólo existen en el precio de las bienes materiales y en donde no hay espacio para las emociones. La felicidad y el éxito es el único fin de la vida y sino se tiene entonces hay que aparentarla. Notable es la escena en que Andreas le dice a su mujer que la va a dejar y ella - sin inmutarse - responde que el sábado tiene invitados y que la deje después de ese día . Tal como dice el propio Lien "Esta película es para mí un retrato de una sociedad que ha perdido algo. Un lugar en el que todo funciona, pero las emociones están ausentes, olvidades completamente".

Cuando muchos de nosotros nos sentimos presionados por el alcanzar el éxito y creemos que el sistema nos absorbe entonces sólo cabe parar un momento y disfrutar de los placeres simples de la vida. Como ir al parque con un libro bajo el brazo y sentarse a leer bajo un árbol. O viajar hasta la orilla del mar y una vez allí, respirar tan profundo hasta sentirse renovado o simplemente disfrutar de una exquisita cena con un buen vino acompañado de tu pareja y el disco perfecto. Esta es nuestra naturaleza humana, esto es el sabor de la vida y por suerte - y a diferencia de Andreas - , no lo perderemos nunca.


viernes, 20 de noviembre de 2009

El Juego Favorito


"Quisiera poder decir todo lo que haya que decir en una sola palabra" dice el alter ego de Leonard Cohen en "El Juego Favorito". Antes de convertirse en músico, el canadiense dedicaba sus ratos libres a la poesía hasta que a principios de los ´60 comienza a publicar algunos libros. Es aquí cuando aparece "El Juego Favorito" (1963), novela que lo consagró en los círculos literarios como la versión canadiense de "El Guardián en el centeno", de J.D Sallinger.

Novela de aprendizaje, narra la adolescencia y juventud de Lawrence Breavman, desde las aventuras en su natal Montreal junto a su inseparable amigo Krantz hasta su escape a Nueva York, cuando encuentra - después de muchos intentos fallidos - la mujer de sus sueños. Odiando todas las cosas que suceden entre el comienzo de una frase y su fin, Breavman lucha contra una ansiedad que lo envuelve cada vez que una chica lo provoca y que a veces cree, lo convierte en mago: "Quiero tocar a las personas como un mago, para cambiarlas o herirlas, dejar mi marca, volverlos hermosos. Quisiera ser el hipnotizador que no se arriesga a dormirse a si mismo". "El Juego Favorito" es el manifiesto de la pasión por la vida, minuto a minuto, encontrando la belleza en las cuestiones más cotidianas y la verdad en los momentos más convulsivos.

Si Spanbauer narra con una brutal simpleza las hazañas de su alter ego Rigby John Klusener en "Ahora es el Momento", lo que Cohen hace con Breavman es lanzarnos una brutal poesía del destino, de la verdad a la vuelta de la esquina, de noches y madrugadas de un hombre que desea con una fuerza arrolladora y que huye del aburrimiento que la nada le provoca. La magia existe y sólo hay que buscarla, en cada piel acariciada, en cada callejón vacío, en cada gota de licor derramado.

"El silencio comenzó. La cama se convirtió en una prisión de alambres electrificados. El no podía bajarse, ni siquiera moverse. Lo carcomía la idea de que ahí debía estar, precisamente en esa cama, vendado de silencio. Era lo que merecía, todo lo que era capaz de hacer".

La prosa de Cohen en "El Juego Favorito" es la conjugación de una extraordinaria poesía que se deja ver desnuda en cada palabra y que se oculta en los pensamientos de un protagonista que percibe al mundo con vehemencia. Tal como ocurre con su música, aquí hay muchos momentos donde Cohen parece robarnos las palabras, hasta convertirlas en pequeñas piezas de arte. Este es el juego favorito de un hombre que sabe que la vida hay que vivirla como si fuese el último día. Carpe Diem.




viernes, 13 de noviembre de 2009

La pasión de Jeff Buckley

Descubrí a Jeff Buckley en 1995 en pleno auge del rock alternativo a través de un video clip emitido por el programa Nación Alternativa en MTV (cuando por ahí pasaban videos), el video en cuestión era "Grace". Quedé impresionado de la pasión e intensidad de la voz del hasta entonces para mí desconocido cantautor y de la interpretación en aquella canción que te podría hacer llorar. Pasaron los años hasta que en un especial de radio pude escuchar por completo su album Grace (1994), descubriendo otras joyas como la hermosa tristeza de "Lover, you should 've como over", y la emocionante "Last goodbye"", con letras como "este es nuestro último adiós, odio sentir que el amor que hay entre nosotros muera, pero ya es tarde, sólo escucha esto y entonces me iré, me diste más para vivir, más de lo que tu nunca sabrás".



Siendo una obra de diez canciones que hablan de la soledad y la pérdida, interpretadas con una extraordinara sensibilidad - a través de melodías ciertamente optimistas -, no cabía duda que Grace se convertiría en un clásico. Pero en mayo de 1997 Jeff Buckley desaparecía en extrañas circuntancias en las profundidades del río Missisipi a la edad de 30 años. Ese río, donde antes corría la sangre de los primeros bluesman - aquellos que luego de agotadoras jornadas bajo un intenso sol en los campos de algodón, se reunían a cantar lo que su alma les gritaba -, se llevaba al hijo de Tim Buckley, un músico californiano que murió incluso más joven - a los 28 años por sobredosis -, de quien Jeff alguna vez dijo "Yo no lo conocí, escogió otra vida. Mi voz ha sido la misma de todos los hombres de la familia". Por eso, cuando en una entrevista se le preguntó por sus influencias aclara "Mis raíces musicales vienes de mi madre y de mi padrastro. A los 9 años, él me regaló mi primer disco de rock, "Physical Graffiti" de Led Zepellin. Entonces me gustaba The Who, Jimi Hendrix, Pink Floyd...a los 16 años escuchaba a Edith Piaf. Luego descubrí a los Bad Brains y a Robert Johnson. Los adoré simultáneamente. Mi música debe ser la culminación de todo lo que amo. En mi fase Miles Davis aprendí que si quieres rendir tributo a tus héroes debes crear tu propio estilo". Ese particular estilo que lograría reflejarlo en Grace - su único album de estudio editado en vida - lo veríamos también en el póstumo Sketches for My Sweetheart the Drunk (1998), el cual se disponía a comenzar a grabar junto a su banda en Memphis al momento de su muerte.


Capaz de cantar con el alma, recuerdo que sus canciones me acompañaron en intensos momentos durante mi paso por la universidad. La desgracia de su partida, nos dejó sin uno de los más talentosos músicos del último tiempo, cuyas obras llenas de nostalgia nos estremecerán por siempre. Su influencia en la música, es comparable ahora a la dejada por míticos cantautores como Nick Drake y se puede apreciar en toda una generación de músicos. Jeff decía "lo que quiero conseguir es meterme bajo la piel de los que escuchan mis canciones". Grandioso.