Fue a través de un disco tributo que nació mi interés en la música de The Carpenters. "If i where a Carpenter" de 1994 era un álbum donde bandas como Sonic Youth - que destacan con su elegante versión de "Superstar" -, The Cranberries, Cracker, American Music Club y Grant Lee Buffalo revivían sus grandes clásicos.
Dúo integrado por los hermanos Karen y Richard Carpenter, formados en 1969 y desaparecidos en 1983 - tras la muerte de Karen -, su música se mantiene arraigada en la cultura norteamericana. Si el blues y el folk son el espíritu de la américa profunda y el funk junto al hip hop son la sangre de los guettos, el sonido The Carpenters y su influencia son la banda sonora de los suburbios, de la clase media norteamericana.
Durante los ´70, cuando alguien se sentaba frente al televisor a ver series como Ángeles de Charlie, o durante las noches se acostaba a leer un libro de Philip Roth junto a una copa de Martini, la música The Carpenters estaba siempre ahí. Es el sonido de una urbe sin tráficos ni contaminación, de una ciudad que se mueve y se ilumina a la melodía de sus brillantes canciones.
Escuchar ahora la hermosura de temas como "Close to you", "Yesterday Once More", "Superstar", o "Goodbye to love" nos purifica el alma. La angelical voz de Karen Carpenter acompañada de exquisitos arreglos orquestales - muchas veces de la mano de Burt Bacharach -, reflejan una pureza de estilo inigualable, alejada de cualquier pretensión. Algunos podrán acusar a los hermanos Carpenter de ser una máquina de hits, pero de lo que realmente son culpables es de haber creado canciones que sigan trascendiendo en el tiempo.
Escribo este post escuchando los aires bossa de "This Masquerade" junto a mi mujer - otra fan de The Carpenters -, recordando nuestras primeras incursiones en el sonido de estos genios de la canción, cuando por el invierno del 2003 encontramos uno de sus discos en una sección de descuentos. Suena ahora "Only Yesterday" y la magia del momento continúa tan viva como aquel atardecer de invierno.
Me siento en la terraza de mi departamento a contemplar la inmensidad de la ciudad en esta calurosa noche de Octubre. Junto a una fría copa de sauvignon blanc, llevo conmigo algunos discos que me inspiran este momento.
Una suave brisa comienza a correr y pienso en las imágenes del exquisito video clip de ese tema de Chris Isaak llamado "Wicked Game". La pasión y la perfección en blanco y negro. Juegos peligrosos en la arena. La sensualidad en estado puro. Caricias, miradas que penetran y que luego se arrancan. El cielo convertido en una playa con Helena Christensen.
Después de FSOL, encuentro un disco de los Pet Shop Boys y recuerdo que también abundan los juegos peligrosos en "Being Boring". Cuerpos desnudos y mucha espuma. Modelos, artistas, adolescentes excéntricos y animales preparándose para la noche. El baile comienza y será el triunfo de muchos. Otros prefieren quedarse enredados. NewCastle era una fiesta.
Aparece el Listen Without Prejudice Vol. 1 de George Michael y subo el volumen con "Freedom 90". Pies descalsos, mucho vapor y modelos exquisitas. Pasillos y rincones por explorar. La intensidad sube y un wurlitzer explota. La temperatura aumenta y se vuelve fuego. Nadie puede apagar esa pasión que los envuelve.
Un viejo cassette de Whitesnake me trae a las manos un temazo: "Is This Love". Un sensual baile como la mejor arma. El deseo clavado como una espina. Piernas largas que esperan el reencuentro. La noche de un rockero sumergido en la piel de una mujer. Guitarras convertidas en las extensiones de sus cuerpos.
Después de R.E.M, Nick Drake y Jeff Buckley, Peter Murphy aparece entre los discos en el momento preciso de cerrar la noche con el clásico "A Strange Kind of Love". Mágica nostalgia de un pasado. Las miradas que se cruzan por primera vez. El momento en que el deseo se hace carne. Como cuando no queremos que esa locura termine. Cuando la noche es tan perfecta - como ahora - que el amanecer se torna innecesario. No broken hearts.
Déjenme contarles una historia. En un frío pueblo de Suecia, Oskar, un tímido preadolescente de 12 años, es acosado por los matones de la escuela. Cada día, de vuelta a su hogar, sueña con vengarse de todos. Una noche, en medio del parque, repentinamente aparece una niña - llamada Eli - que vive al lado. "No puedo ser tu amiga, así son las cosas" le dice Eli a Oskar, mientras en otro lugar un hombre asesina a otro en medio del bosque para colgarlo y recolectar su sangre. Poco a poco, noche a noche, los chicos se van haciendo amigos hasta que Oskar confiesa que lo maltratan en la escuela, pero que no puede defenderse. Eli entonces promete ayudarlo pero el misterio comienza a inquietar a Oskar, ¿porqué ella sólo aparece de noche?.
En un momento, en que Oskar se corta la mano y le ofrece a Eli que haga lo mismo - como un pacto de sangre -, la verdad se revela cuando ella se lanza desesperadamente al suelo a beber la sangre derramada. Devoradora de sueños, Eli posterga su sed a cambio de un beso, aunque a veces, mira a Oskar con tal fuerza que lo confunde como a una presa. Pero no se equivoquen, esta dulce criatura nocturna no es protagonista de Crepúsculo, ni siquiera esta historia es de vampiros, aunque ella lo sea . Hablo de la hipnótica, íntima y oscuramente bella película del director sueco Tomas Alfredson del 2008 titulada "Let the Right One In".
Esta es la fría e ingenua intimidad de dos preadolescentes en un mundo que no les pertenece, pero que intentan hacerlo suyo a costa de muerte y destrucción. Una complicidad que inunda los rincones más oscuros del alma y que huye de la soledad con una pureza que ilumina cada cuerpo desangrado. Aquí los temores de la juventud se presentan como una oportunidad en la hora más insospechada. Bergman reconfigurado en cine de género: la hora del lobo en clave adolescente.
La dosis justa, en el momento preciso, antes que la heridas se abran. Esto es lo que contiene este film donde las víctimas no son los adultos consumidos, sino un par de chicos que comienzan a explorar los juegos de la vida, en busca de su propia escencia. Una metáfora a la naturaleza del hombre, a los cambios que nos afectan en esa temprana etapa de la vida, en que nos sentimos extraños, diferentes, cuando nuestros cuerpos cambian y afloran deseos insospechados. "Let the Right One In" es eso, más corazón que sangre, la tristeza, el primer beso y el silencio.
La música no sólo responde a emociones, sino también a lugares. Y esos lugares a veces se nos vienen a la cabeza simplemente porque están perfectamente retratados en los video clips de esas grandiosas canciones.
LONDRES. El metro, los clásicos buses rojos y el Big Ben. Tiendas con sus cortinas metálicas cerradas y vagabundos buscando el día. Congestión peatonal en los paseos. Barrios industriales abandonados. El puente Torre sobre el Támesis. Neil Tennant y Chris Lowe caminando por sus calles mimetizados entre la muchedumbre, mientras la niebla aún no abandona la ciudad. West End Girls (1985), Pet Shop Boys.
PRAGA. Callejuelas, el río Moldava, cisnes de cuello blanco. La vieja plaza Staromestske y más allá el gran Castillo. Michael Hutchence atravesando el parque en una fría mañana de otoño. Un saxo suena desde el antiguo cementerio judío. Alguien lo espera en el Puente de Carlos. "Te dije / que podríamos volar / porque tenemos alas ". Never Tears Us Apart (1987), INXS.
BERLIN. La puerta de Brandenburg y la majestuosa Lady Victory. Por allá la Torre de TV. Grandes avenidas que hacen fluir la sangre de una ciudad que se vuelve a levantar. Interminables bloques de departamentos. Bono y otros ángeles caídos observando a los hombres y mujeres que se recuperan poco a poco de las heridas de una época. "Sólo el golpe y el estrépito / cuando un ángel se estrella contra el suelo". Stay (Faraway So Close) (1993), U2.
NEW YORK. Grandes avenidas. Tráfico. Una mañana cualquiera en busca del periódico. Barrios sucios, grafittis y paranoia. ¿Calles sin salida?. Bowie escapando de Reznor. Rostros sospechosos y niños jugando. Otra vez la persecución. NYC Taxi. Cae la noche en la ciudad y con ella la locura parece desaparecer. Johnny's in America. I'm Afraid Of Americans (1997), David Bowie.
Una tarde pasé por Metales Pesados - para mí la mejor librería de Santiago - para comprar la última novela de Ian McEwan, "Chesil Beach" (2008), cuando para mi sorpresa Sergio Parra - uno de sus dueños - me obsequia una entrada para la conferencia que McEwan daría en la Universidad Católica. Mi plan - como el de muchos - era asistir con esa novela bajo el brazo para volver triunfante con su autógrafo, pero el sistema "literalmente" jugó en mi contra y estando a pasos del evento, no pude asistir.
La extraordinaria "Chesil Beach" es una novela que se devora de un tirón porque su intensidad no baja nunca y nos mantiene cautivados en cada página. A principios de los '60, Florence y Edward, una pareja de recién casados, va a pasar su noche de bodas a un hotel de Chesil Beach. Ambos son inexpertos en las artes del sexo y temen que cualquier estupidez eche por tierra esa mágica noche. Con cada hora que pasa, las expectativas de Edward crecen mientras que a Florence la embriaga un terrible sentimiento. Cuidando cada detalle, gesto y movimiento, la joven pareja intenta materializar el trascendental acto y a punta de ensayo y error, algo ocurre que hace que el momento no llegue nunca: lo que para él es el placer, para ella es la tortura.
"Ella se incorporó sobre un codo para verle mejor la cara y los dos sostuvieron la mirada del otro. Era todavía para ellos una experiencia nueva y vertiginosa, mirar durante un minuto seguido a los ojos del otro adulto sin contención ni vergüenza. El pensaba que era lo más cerca que habían estado de hacer el amor. Ella le sacó de la boca la brizna de hierba"
Pasiones que chocan y que no logran volverse carne. Como una novela de Murakami sin sexo. Florence y Edward, el ansia y la repulsión, el deseo y la frugalidad, el impulso y la retención, el hambre y la inapetencia. Todo y nada a la vez. Una paciencia que desespera y duele ante tamaño desastre: esa palabra que a Florence la devolvió a la inmunda escena en el dormitorio, la tibia sustancia que se secaba en su piel hasta formar una costra crujiente.
Un descubrimiento inesperado en la noche más inmensa. Las olas de una playa que revientan con cada estocada. Un fraude que se revela sin monedas, pero que en cada detalle grita. "No pienses en temas, piensa en detalles" dice McEwan en una entrevista siguiendo un consejo de Nabokov. Autor de otras obras como "Amsterdam" (1998), "Expiación" (2001) - la cual fue llevada magistralmente al cine en 2007 por Joe Wright, director de otra grande: Orgullo y Prejuicio - y "Sábado" (2006), McEwan acaba de anunciar la adaptación de "Chesil Beach" al cine bajo las cámaras de Sam Mendes ("American Beauty", "Revolutionary Road"). La novela - tal como el cine - es el mejor espejo para mirarnos.
Después de casi diez años, volví a ver la fascinante película "Hombre mirando al Sudeste" (1986) del director argentino Eliseo Subiela. Esta obra cinematográfica es una metáfora que cuestiona nuestra existencia como seres humanos a través de la historia de un hombre llamado Rantés que llega a un hospital psiquiátrico y dice venir de otro planeta. "¿Como llegó acá?" le preguntan y el responde "¿A la tierra? En una Nave".
La clave de este film, montado con simples recursos técnicos y estéticos, está en el fondo del mensaje que el paciente volador no identificado - como denominan los médicos al visitante - quiere trasmitir: "somos réplicas humanas perfetas, salvo por una cosa. No podemos sentir". Su enigmático origen y comportamiento, es especial su impostergable parada mirando al sudeste en el jardín del hospital todos los días a la misma hora, hace que el Dr. Denis - su médico tratante - cuestione los métodos científicos y se obsesione con su caso. En un momento él le dice "Rantés, usted está enfermo. Yo soy médico quiero curarlo, eso es todo" y Rantés responde "Yo no quiero que me curen. Quiero que me entiendan".
Muy pronto, Rantés se transforma en líder entre los pacientes y todos comienzan a seguirlo. Como una especie de Mesías, se encarga de curar las heridas psicológicas de sus compañeros y hace del pasar de los días, una experiencia feliz para todos. "Yo soy más racional que ustedes. Responde racionalmente a los estímulos. Si alguien sufre, lo consuelo. Alguien me pide ayuda, se la doy. Si alguien me habla, lo escucho". Una mujer llamada Beatriz aparece y dice conocerlo. ¿Porqué se cambia los zapatos cada vez que lo visita?.
Las situaciones y diálogos entre paciente y médico se hacen cada vez más reveladores y el Dr. Denis se pregunta cómo es que alguien que dice no poder sentir tiene tanta bondad hacia el resto. Es así que en una de las escenas más intensas Rantés explota y dice "Porqué no dejan la hipocresía y buscan la locura de este lado y se dejan de perseguir a los tristes de espíritu". Al fin, las antenas de Rantés y el Dr. Denis se sintonizan y se hace evidente en la memorable escena del concierto al aire libre con la Sinfonía n.º 9 de Beethoven, "El himno a la alegría", en donde Rantés toma inesperadamente la batuta y comienza de forma salvaje a dirigir a la orquesta, provocando el fervor y la locura de todo el público y lejos de allí, de la de sus compañeros del psiquiátrico.
"Doctor, porque me abandona" - una vez más aquí hay referencias bíblicas, cuando Dios abandonó a Jesús en la cruz - dice Rantés en una de las escenas finales del film y es aquí que nos damos cuenta - una vez más - de la estupidez humana. Nos creemos racionales pero muchas veces no somos capaces de hacer o decir lo que pensamos o engañamos nuestros sentimientos hiriendo a los demás. Una hermosa locura - como esta película - me convence de que todos estamos equivocados.
En una fecha tan particular como hoy - nueve del nueve del nueve - se me vienen a la cabeza los acontecimientos musicales del año 1999, cuando las radios, canales como MTV o la prensa especializada hacían sus balances o listas de lo mejor de esa década. Sin duda, los exponentes del llamado rock alternativo destacaban por sobre todo el resto y era el grunge el que se llevaba las mejores posiciones.
Me pregunto si la decadencia del grunge a mediados de los noventa fue verdaderamente producto de la muerte de Kurt Cobain o - que es lo mismo - si Nirvana significaría hoy lo mismo sin la desaparición de su líder. Como sea, en 1991 los de Seatle nos gritaban en Nevermind que el aire olía a espíritu adolescente y que ya era hora de despertar y cantarle al mundo lo que sentíamos.
Creo que la emisión del - ya clásico - Unplugged de Nirvana por MTV marcó el antes y después del grunge. La interpretación que Cobain hace del tema "Where did you sleep last night" de Leadbelly emociona hasta las lágrimas. Con una fuerza desgarradora, nos damos cuenta ahora que a través de este tema Cobain nos anunciaba - concientemente o inconcientemente - su partida. Quizás, el único momento de esa magnífica serie Unplugged que supera a lo hecho por Nirvana es lo que hace Alice In Chains con la profunda e intensa interpretación de "Rooster". La atmósfera casi mística que Layne Stanley - muerto por sobredosis en 2002 - y compañía lograron en esa oportunidad no se volvió a ver nunca más. Recuerdo que conocí a los Alice In Chains por su aparición en la película Singles (1992) - toda una radiografía de la escena grunge dirigida por Cameron Crowe - en una magnífica escena donde interpretan en vivo "It ain't like that" y "Would" en un bar. Sus discos estuvieron siempre al borde del abismo, con momentos de decadente belleza - como en "Down in a Hole" - y otras veces de oscura intensidad - como en "Again" -.
Otras bandas - siempre de Seatle - ya venián incursionando mucho antes que Nirvana en un circuito más underground. Aquí aparece Soundgarden - banda que saca su primer EP en 1987 y que también tiene un cameo en Singles - con discos tan potentes como Louder Than Love (1989) y Badmotorfinger (1991). Si Alice In Chains era la versión oscura del grunge, Soundgarden era la versión más heavy. La inconfundible voz de su líder Criss Cornell supera a cualquier otra dentro del movimiento y junto a su banda logran uno de los mejores discos de la década: Superunknown (1994), con temas como "Black Hole Sun", "Fell On Black Days", "Spoonman" o "The Day a tried to Live".
Pearl Jam - también con cameo en Singles, era que no - es un caso aparte, pues aún cuando es la única banda de la corriente que sobrevive hasta hoy, su carrera es irregular. Dignos clásicos son sus álbumes Ten y Vs y otros como Vitalogy pero a finales de esa década comienzan a producir discos que parecen sólo cumplir con los contratos y que pierden la fibra que los hizo grandes en un principio hasta volverlos simples activistas. A propósito de Pearl Jam, los personajes de Beavis & Buthead bromeaban - en su serie transmitida por MTV - del parecido de la voz de Scott Weiland de los Stone Temple Pilots con la Edie Vedder de Pearl Jam, aludiendo que Weiland era una simple copia de Vedder, sobre todo por su interpretación en la potente "Plush" del disco Core (1992). Creo éste álbum junto a Purple (1994) lograron extraer desde el fondo de su médula las máximas posibilidades de la corriente, pues conjugaron distintos géneros, siendo todo y nada a la vez: ahí esta con aires western la flamante "Interstate Love Song", las convulsiones hardcore de "Sex Type Thing", la profunda tristeza de "Creep" o "Big Empty", los coqueteos noise en "Lounge Fly" o la heavy electricidad de "Plush".
El proyecto Mad Season, formado entre otros por Layne Stanley y Mark Lanegan - por ese entonces vocalista de Screaming Trees y ahora convertido en todo un cronner hasta ser comparado con Tom Waits - nos sorprendió en 1995 con el disco Above, una mezcla perfecta entre grunge y blues, con notables temas como "River of Deceit","Wake Up" o "Lone Gone Day". Otro supergrupo, surgió en la primavera del grunge cuando miembros de Soundgarden y Pearl Jam se unen en 1990 en el proyecto paralelo Temple Of The Dog para dar tributo al desaparecido Andrew Wood, vocalista de la seminal banda Mother Love Bone. "Hunger Strike" es un temazo que suda la escencia misma del grunge, una obra que emociona y que sigue inspirando a generaciones y la tremenda "Call me a Dog" es una inyección que hace reventar nuestras heridas ocultas.