

Hace poco sonó en la radio, entonces tomé el teléfono y pregunté de que canción se trataba. Era "Tucson, Arizona" de Dan Fogelberg. Así descubrí el origen de aquella canción que en muchas ocaciones me acompañó de madruga y que siendo ya clásica entre clásicas, desconocía de su autoría. Inserta en la memoria colectiva, es un temazo salido del álbum Windows And Walls de 1984, y aún cuando en su momento pasó sin pena ni gloria, con el tiempo es una obra que ha inspirado a generaciones.
Vamos por parte. Easy Tiger, es un álbum que chorrea la maestría del cowboy alternativo de Jacksonville. Editado el año 2007, contiene muchas piezas notables que lo convierten sin duda en su mejor disco. El talento de Adams - que poco a poco se acerca a la genialidad del desaparecido Jeff Buckley - emana de forma serena en temas como "Two", "Everybody knows" y "Oh, my god, whatever, etc" como queriendo soplarnos al oído, mientras los fantasmas de Hank Williams resucitan en temas como "Tears Of Gold" y "Pearls On A String". Con "The Sun Also Sets" nos grita con todas sus fuerzas que al fin el sol se levanta y en la balada western "Rip Off" - una de las cumbres del disco - se confiesa: "Puedo ver las lágrimas mucho antes de que conozcan tu cara". Finalmente, una harmónica llora a lo largo de "I Taught Myself How To Grow Old" con un Adams que se muestra tímido y solitario "La mayoría de las veces no tengo nada que decir/ y cuando lo hago, nadie está ahí para escucharlo".
Lambchop y su OH (ohio) de 2009 sigue el camino que la banda de Nashville viene trazando desde comienzo de los '90 , un ejercicio de estilo que Kurt Wagner y compañía saben hacer, y muy bien. Desde el comienzo, con "Ohio" la atmósfera se cubre de ese sonido tan característico, único , que al igual que Tindersticks, los hace inconfundibles. El disco continúa con "Slipped Dissolved And Loosed", "I'm Thinking Of A Number", "National Talk Like A Piarate Day" y sigue con una colección de canciones salidas del alma, el corazón y la tierra de un hombre que vive sobre las praderas brotadas de la semilla de la canción americana. Con la exquisita "A Hold Of You", Wagner se parece a Bill Callahan cuando dice "porque no puedo apoderarme de tí / no puedo apoderarme de tí" y en "Of Raymond" los arreglos se tiñen de sonidos a lo Scott Walker. En la tremenda "Close Up" nos dice "No toques mi vena con tu nueva aguja/ no tengas miedo del escarabajo del pino / sólo ten la seguridad de que abrá otro día" y en la despedida con "I Believe In You", somos nosotros los que terminamos convencidos que seguiremos creyendo en la magia de Lambchop.
The Golden Age, es una obra del 2008 a la cual tenía apetito desde que leí su crítica en revistas como Rock de Lux y Go Mag, las que coincidían en que se trataba de un inesperado regreso a los orígenes de American Music Club. Al escucharlo, el álbum irradia una atmósfera optimista que deja atrás las secuelas de un periodo más oscuro, principal objetivo que la banda se propuso al grabar el disco y en donde Mark Eitzel - lider de la banda - dice al respecto "Queríamos un álbum que capturase y reprodujese el sonido de los discos clásicos de American Music Club". Canciones muy melódicas, con letras sencillas que recorren paisajes emocionales o que retratan más las tristezas que alegrías de una vida compleja - la de su autor, Eitzel -, es lo que contiene este disco de 13 piezas. "The Sleeping Beauty", "The Stars", "All the Lost Souls Welcome You to San Francisco" , "Who You Are" - una tras otra - son canciones notables y la grandiosa "The Windows on the World" es un hermoso manifiesto post-11S, con sus heridas aún abiertas. El final, con "The Grand Duchess Of San Francisco" y sus cortos dos minutos y medio cierra de manera precisa un festín de canciones que se devoran pero que no se consumen nunca. 
Lo que el cine tiene que hacer es provocarnos y arrancarnos esos sentimientos que están guardados y que siempre cuesta encontrarlos. Porque el cine es arte no sólo por su belleza. Es arte porque en su esencia transporta un mensaje que debe ser decodificado. Así su gracia nunca está en el mensaje explícito, sino en lo implícito. Es lo que no se ve en pantalla, pero se siente. No soy fan del cine efectista, porque lo que busca no es la emoción, sino la complacencia fugaz. Lo que trasciende es el fondo, nunca la parafernalia con que se presenta. Dramas ganadores del Oscar como "El Paciente Inglés" (1996) o "Rescatando al Soldado Ryan" (1998) son claros ejemplos de un cine que sólo pretende emocionar con un mensaje fácil, digerible, lleno de grandes frases y momentos para el bronce.
"Into the Wild" (2007) de Sean Penn es una película de la cual había escuchado y leído en críticas, cuyo mensaje conocía - me imaginaba su ansia por el Oscar - y por lo tanto desconfiaba. Pero esta equivocado. Haciendo zapping en el cable me la encontré y decidí darle un oportunidad, descubriendo para mi sorpresa una película hermosa. Basada en el bestseller del mismo nombre, escrito por Jon Krakauer en 1996, se trata de una historia real, en la cual un joven llamado Christopher McCandless decide renunciar a la sociedad - cansado de la cultura de la tecnología y del consumo - y lanzarse a la vida salvaje. Antes de partir, dona todos sus ahorros y se deshace de sus documentos de identidad y seguro social. Como en una road movie, toma camino por la carretera norteamericana en un viejo auto que a poco andar debe abandonar. Así su travesía la sigue a pie haciendo auto stop, oportunidad con la cual se va armando de memorables amistades, a pesar de su propio discurso de que las relaciones humanas no valen y que la verdadera felicidad está en la soledad, alejado del sistema.
Para vivir en contacto con la naturaleza decide que su meta es Alaska y sigue el viaje armado de un rifle, algunos utensilios y un puñado de libros, su única pasión. Por suerte en ese lugar inhóspito encuentra un viejo bus abandonado, al que bautiza como el bus mágico. En medio de lo verdaderamente salvaje, cree sentirse pleno y feliz, cazando animales y devorando sus libros. Llegado el invierno con lo único que puede alimentarse son las plantas, así que sale a recolectarlas con la ayuda de un libro que lo guía a seleccionar aquellas que no son venenosas. Pero un día comete un error comiendo de una planta que no debía y moribundo, se da cuenta de ello demasiado tarde. Llora, pero no es dolor físico ni la conciencia de que morirá lo que lo provoca. Lo que duele es saber que no tendrá otra oportunidad, porque se da cuenta que se siempre estuvo equivocado. Alcanza a escribir en la página de uno de sus libros: la felicidad es real sólo cuando es compartida. Congelado en sus últimos momentos, recuerda a sus padres y a sus amistades y sueña con un reencuentro que sabe no ocurrirá. "¿Estarán viendo ellos, lo que yo veo ahora?" es su último suspiro al darse cuenta demasiado tarde que la esencia de nuestra humanidad está en las relaciones y que la vida sólo se trata de compartir con otros.
"Into the Wild" nos muestra lo que pasa cuando no pasa nada. Cuando estamos solos y el silencio grita y nos envuelve como a una presa. Nos dice que abandonar el sistema no significa abandonar el mundo. Que los lazos humanos nunca no se rompen, sino que se estiran o se comprimen como un resorte. Así lo que desgarra a nuestro protagonista no es el frío que lo congela, sino la ausencia y el dolor de saber que su versión del sueño americano no existe. Como aquella hermosa canción de Dead Can Dance llamada "American Dreaming": hemos estado demasiado tiempo viviendo el sueño americano / y creo que todos hemos perdido el camino.

El clímax en la historia llega cuando Mattia acepta una beca en el extranjero. "En aquel lugar lejano e ignoto estaba su futuro de matemático, había una promesa de salvación, un espacio incontaminado donde todo era aún posible. Mientras aquí no tenía más que a Alice, y el resto era desolación". La suerte estaba echada. La regla de los números primos se cumplía una vez más: dos corazones rotos, solitarios, como números que están muy cerca pero que nunca se tocan. Con el tiempo, mucha agua corre bajo el puente y las circuntancias juegan una vez más con ellos.
Giordano experimenta con esta novela esa soledad que a veces nos atrapa, que nos acoge y nos susurra al oído y que otras veces nos asusta porque no sabemos hasta cuando nos acompañará. Nos muestra los momentos cuando todo es silencio y contemplación. Cuando los sentimientos ahogan y no quieren explotar. Cuando la magia esta allí al lado y nos roza pero no la atrapamos.
"La Soledad de los Numeros Primos" no es un manifiesto a la soledad, sino más bien, a la belleza de las cosas que duelen y que nos convierten en lo que ahora somos.
Las guitarras rasgadas de "Blanchard" comienzan el viaje al interior de Througth The Devil Softly, un mundo iluminadamente melancólico y bañado de sutileza, ese del cual estamos mal acostumbrados desde su primer álbum con Mazzy Star. La segunda parada está en la onírica "Wild Roses", seguida de la muy mazzy "For The Rest Of Your Life". Al llegar "Lady Jessica and Sam", su sonido comienza a embriagarnos en una fría noche alrededor de una fogata y "Sets the Blaze" nos envuelve en la espesura de un bosque habitado por duendes. Con "Thinking like that" estamos atrapados por violines en un dulce sueño y en "There`s a Willow" es la armónica el ingrediente principal del cóctel que termina turbándonos.
Cuando creemos que en el cine ya hemos visto de todo, aparecen pequeñas películas como "Den Brysomme Mannen" (2006), que nos muestran a través de una fábula kafkiana una oscura mirada a la vida moderna.