Cuando creía que iba por "El Mar" de John Banville o por algún otro de la serie Libros del Asteroide, me encontré con el "El día de todas las almas" (2000) del holandés Cees Nooteboom, novela que regalé a una amiga que no la terminó de leer - porque le pareció "muy profunda" - y que por lo tanto tomé prestada. Con una prosa a ratos compleja, que se mueve entre paisajes de gran poesía, metafísica o filosofía, Nooteboom narra la historia de Arthur Dane, un reportero que tras sufrir una gran pérdida camina por Berlín cámara en mano, compartiendo con un grupo de amigos las eternas preguntas de la vida hasta que es hipnotizado por una extraña mujer que seguirá hasta Madrid.
Como los ángeles caídos del extraordinario film "Tan lejos, tan cerca" (1993) de Wim Wenders, Arthur Dane recorre las calles de Berlín, en medio de la luz gris en busca de lo que los otros no ven. Vagando por la Flakplatz, la Schwedter Strasse o el Gleimtunnel, el hombre de las imagenes sigue los postulados de Camus "averiguo muchas más cosas observando las colinas onduladas" y a través de la música de John Cage disfruta de sus silencios porque la música que estira el tiempo también estira el espacio de la imagen.
"Cuando los cuerpos en esa habitación hubieran olvidado a sus personas...pocas lágrimas, una cicatriz que brillaba, un cuerpo aovillado como si quisiera empezar ahora a dormir para siempre...cuando la luz gris berlinesa se deslizara en el interior por la ventana sin cortinas, cuando registrara el silencio..."
Si Patrick Modinado con su novela "En el café de la juventud perdida" nos sumerge en el Eterno Retorno por la calles de París con los mismos días, las mismas noches, los mismos lugares, los mismos encuentros, aquí Nooteboom nos muestra L'eternité quoi de Berlin : el completo ciclo eterno y compulsivo del día que nunca cambiaba, el año que nunca cambiaba. Las imágenes congeladas de esa ciudad castigada - con la parte más débil mantenida viva al aire - y de un pueblo devorado entre sí en un mundo partido en dos y que ahora había vuelto a encontrar su alma peculiar.
Si en este preciso instante la nieve cayera sobre Berlín, Arthur Dane estaría ahí registrando el momento. Esa belleza de las cosas que no volverán y que se acaban tan rápido como el paso de una flecha. Sinfonía de una ciudad. Instantes congelados en un frío rollo de película - me imagino cualquier canción de Dakota Suite en este momento - como un hilo que mantiene nuestra memoria y que con el paso del tiempo se estira aún más. Imágenes que evocan lugares que ya no están pero que renacen ante nuestros ojos como si estuviésemos ahí: tan lejos, tan cerca.
Hay discos de electrónica que son producto del reciclaje de viejos sonidos, que extraen gota a gota el adn de la vieja escuela y los fusionan con beats, loops, scratching y otros recursos tecnológicos. Así forman una mezcla perfecta, una experiencia que transporta, una dosis que hace bien al cuerpo y al alma. Ejemplos de ello hay varios, pero quiero rescatar aquí dos imprescindibles álbumes de los años 90's: Endtroducing...de Dj Shadow y Colours de Adam F.
Joshua Paul Davis, mas conocido como Dj Shadow, lanzó en 1996 el álbum Endtroducing... revolucionando la industria al revivir viejos sonidos que permanecían escondidos en su impresionante colección de vinilos. Envuelto en una atmósfera downtempo y construido casi por completo en base a samples , en el álbum podemos encontrar hip hop abstracto, soul, jazz, funk y break y comienza con el juego de scratching de "Best Foot Forward" y sigue con la pausada pero adictiva "Building Steam With a Grain of Salt" hasta llegar al breakdance de "The Number Song". El cuarto corte "Changeling" que contiene un sample del "Invisible Limits" de Tangerine Dream es una exquisita pieza downtempo que roza con el ambient y "What Does Your Soul Look Like (part 4)" es un relajado ejercicio de chill out como para hundirse en el sofá. En la oscura y casi lyncheana "Stem/Long Stem" nuestro maestro de ceremonias sube a ratos las revoluciones para pasar de improviso al melodioso silencio de un saxo. "Mutual Slump" es puro drum 'n' bass filtrado por jazz y el breve hip hop de "Why Hip Hop Sucks In '96 " da paso a la insuperable "Midnight In A Perfect World", primer single del álbum. "Napalm Brain/Scatter Brain" comienza con sonidos que recuerdan las series policiales de los '70 y sigue con el drum 'n' bass mas intenso del disco y al finalizar, "What Does Your Soul Look Like (part 1)" es un dulce y emocionante homenaje al jazz, origen de todo el sonido del álbum.
A diferencia del Entroducing...en el Colours (1996) de Adam F. las revoluciones suben ya que aún cuando está lleno de matices es el drums 'n' bass el protagonista y comienza con "Intro" seguida de "73", ambas claramente inspiradas en la Blaxploitation. Con el tercer corte "Metropolis", el drum 'n' bass hace su presentación de forma muy árida, pero en "Music in My Mind" - una de las mejores del disco - la percusión se hace mas amigable acompañada de una voz sintetizada. El comienzo de "Jaxx" nos recuerda el "Inner City" de Goldie - quizas porque él mismo participa en el disco - pero al poco andar se desmarca y al llegar a la septima pista es Tracey Thorn quien pone su voz en la melódica y deliciosa "The Tree Knows Everything", canción que encajaría perfecta en el Walking Wounded de los Everything But The Girl. El disco avanza con el single "Circles", un limpio ejercicio de estilo que constrasta con la áspera y sucia "Dirty Harry" remezclada por Grooverider y luego con "F Jam" - otra de las cumbres del disco - el giro es radical a un sutil y jazzy drum 'n' bass rapeado magistralmente por Mc Conrad. "Aromatherapy" es una clásica y seductora pieza de acid jazz y hacia el final - terminando con la participación de notables representantes de la escena drum 'n' bass - es Roni Size quien remezcla "Circles", estampando su inconfundible estilo.
Paisajes sonoros llenos de magia. Deliciosas atmósferas que retornan de un pasado del cual no somos parte, pero que sentimos nuestro. Sonidos negroides, urbanos, que nacen cuando el sol se esconde y reencarnan el espíritu de la vieja escuela. Como alguien dijo por ahí: toda la electrónica viene de los 60's y los 70's, es sólo cuestión de encontrar la ecuación perfecta. Esa ecuación señores, yo la encontré en estos dos grandiosos discos.
Conocí la música de Jon Spencer a mediados de los '90 - como en muchos otros casos - en el programa Nación Alternativa de MTV con algunos videos de su proyecto Boss Hog junto a Cristina Martinez. Lo que yo no sabía por entonces es que había comenzado sus pasos musicales a través de una banda formada en New York llamada Pussy Galore y que luego había fundado también la Jon Spencer Blues Explosion.
Poco tiempo después, con el primitivo y salvaje álbum Now I Got Worry (1996) bajo la Blues Explosion me volví adicto a su sonido. Con una actitud 100% rockabilly y una enorme dosis de locura e intensidad, el disco es la esencia del rock por el rock. Su tercer corte "Wail" libra una energía que recorre cada fibra del cuerpo, una sinapsis que no deja neurona indiferente. "2 Kindsa Love" no queda atrás y es la catarsis al final de un día grandioso, un éxtasis que no se consume nunca.
Con Now I Got Worry vino el descubrimiento de su anterior disco Orange (1994) con temazos como "Bellbottoms", pero fue con el posterior Acme (1998) y su single "Talk about the Blues" que la fusión del rock de Jon Spencer con el scratching de Dan The Automator - sumado a las imágenes de su genial video con Winona Rider - me hacían comprender que antes de ello lo que había escuchado de Jon Spencer sólo era un aperitivo. Ese híbrido, que era todo y nada a la vez, me mostraba al verdadero animal del rock. Las posibilidades desde entonces eran infinitas.
Después de dos álbumes discretos, Plastic Flag (2002) y Damage (2004), Jon Spencer arma un dúo con Matt Verta-Ray bajo el nombre de Heavy Trash. Si con la Blues Explosion era el maestro de ceremonias, con Heavy Trash es la reencarnación natural de los antiguos rockers, el espíritu de la vieja escuela. La alucinante experiencia en vivo con esta última banda no hace más que convencerme que Elvis está vivo y encarnado en el alma de Jon Spencer.
Si las canciones del desaparecido Jeff Buckley son un manifiesto a la intimidad y a las cosas que desgarran, en la vereda opuesta está el sucio Jon Spencer con su inagotable carga de 220 voltios que sigue rompiendo el establishment. Un motor que inyecta rock'n'roll, blues, country y punk a todo lo que encuentra a su paso. Su música es la interminable celebración del rock y de la energía que nos mantiene vivos.
Sé que es extraño escribir sobre libros que no se han terminado de leer ya que uno no puede formarse un juicio para opinar de ellos. Pero justamente mi intención no es hacer una crítica, sino contar las experiencias que he tenido con algunas novelas inconclusas. Aunque uno sabe que pueden ser grandiosas, hay novelas que cuesta leer. Libros elogiados por la crítica o clásicos contemporáneos que no sólo forman parte de nuestra biblioteca, sino que están ahí esperando que uno se los devore. En el último tiempo al menos con tres libros me ha pasado que a medio andar los he abandonado como si nada. Explicación para ello no tengo. Quizás los tomé cuando no era su momento. Quizás mi estado emocional fue el problema. O quizás definitivamente esos libros no son para mí.
"Viaje al fin de la noche" es el primero de esta saga de libros sin terminar. Se supone, es la obra maestra de Louis Ferdinand Céline, del cual para muchos intelectuales es una de las más grandes novelas del siglo XX. Por ello mis expectativas eran altas y comencé una noche a navegar por sus extensas páginas pero su complejo y duro lenguaje - o el excesivo uso de argot - de Céline me agotó desde un principio. La novela cuenta la historia de su alter ego Ferdinand Bardamu quien herido en la primera guerra mundial, va buscando su destino - amargo, miserable y salvaje - en distintas lugares como el África colonial francesa y el Estados Unidos pre-superpotencia hasta que regresa a su Francia natal en un suburbio de París.
"El legado de Humboldt" de Saul Bellow, ganadora del premio Pulitzer en 1975 retrata la vida del poeta Von Humboldt Fleisher, quien es en realidad la encarnación literaria del gran poeta Delmore Schwartz, a quien Bellow veía como "hermano de sangre" y era admirado entre otros por Lou Reed y un ejercito de otros intelectuales, músicos y artistas. La vida de este poeta es fascinante y su talento dejó obras "In dreams begin responsibilities" que creo no se ha traducido nunca al español. En la novela, que para mí se torna muy extensa en su prosa y que dejé al llegar a la página 260, un joven amante de la literatura llamado Charlie Cetrine, recuerda su amistad con Fleisher quien se convirtió en su maestro hasta que su muerte lo deja a la deriva, alejándolo de sus ideales, mezclándose con mafiosos y perdiendo así las riendas de su vida.
"La elegancia del erizo" de Muriel Barbery, actual best seller - que continúa por meses en los primeros lugares de las listas -, es la última de las novelas sin concluir. Recuerdo que lo compré con entusiasmo en la última Feria del Libro de Santiago y la guardé por un tiempo - mientras era el turno de otras - hasta que lo comencé a leer hace casi dos meses. La prosa de Barbery - como el titulo del libro - es elegante y rica y contiene sin duda un humor inteligente, pero al avanzar por sus páginas no logró hacer feeling conmigo. La novela nos muestra las vidas solitarias de dos habitantes de un burgués edificio de París, una es la conserje llamada Renee y otra es una niña de doce años llamada Paloma que nos comparte sus "Ideas Profundas". Cuando un hombre llega al edificio, las vidas de las protagonistas se cruzan y descubren que son dos almas gemelas.
La extensión de más de quinientas páginas de "El legado de Humboldt" y "Viaje al fin de la noche" me hacen pensar que ello es la causa que me desmotiva terminarlas. Entonces, después de meses sin terminar una novela, creo que volveré a la genial literatura de Murakami o Modiano, que compraré alguna otra obra de la fascinante serie de Libros del Asteroide o finalmente y de una vez por todas, leeré una novela que tengo postergada hace casi tres años: "El Mar" de John Banville.
Hay discos que están hechos para escucharlos a todo volumen y que irradian una energía que no se consume nunca. Uno de ellos es el último álbum de los Sonic Youth "The Eternal" (2009), notable regreso de los cuatro de New York que ahora suman como bajista al ex Pavement Mark Ibold. Manifiesto de un sonido que no envejece, es el presente y pasado conjugados en riffs que estallan sobre una base rítmica que no para nunca porque si lo hace, sabe que dolerá.
El comienzo con "Sacred Trickster" es arrollador y la distorsión de "Anti-Orgasm" penetra la piel. Hay una rasgada genialidad en "Leaky Lifeboat" y "Antenna" comienza lo que parece ser la única pausa en medio del ruido pero a los pocos segundos sorprende, mientras que la poderosa electricidad de "What We Know" anuncia que de ahí en adelante sólo hay furia, ruidismo, pasión, coraje y otra vez ruidismo: "Calming The Snake", "Poison Arrow", "No Way", "Massage The History". Al final, la grandiosa "No Garage" sin duda pasará a formar parte de los clásicos del noise.
Shelley, Ranaldo, Gordon, Ibold y Moore empreden aquí un viaje sónico a través de una carretera de catorce canciones a bordo de un bólido de rock donde en cada parada se enfrentan a las bestias del silencio. Saben que poseen las armas suficientes para combatirlos: guitarras, bajo y batería. Y cuando todo ya ha sucedido, el amanecer es más intenso y los rayos del sol vuelven a recargarlos. Otra vez al camino, no hay tiempo que perder.
"The Eternal" es el deseo y la ansiedad del ruido de cuerdas que lloran hasta desangrar. Es la energía de una flecha que está siempre de paso y el ácido ingrediente de un caldo de canciones ansiosas de electricidad. Noise que brota desde las almas de aquellos que, como yo, nunca envejecerán. Un disco como este es el triunfo de las guitarras, de la vida, de la eterna juventud.
Escribo estas líneas una fría tarde de Julio, algunas semanas después de comenzado el Invierno. Con termómetros que han llegado a marcar las temperaturas más bajas de muchos años en Santiago, el ambiente es propicio para una novela como Postales de Invierno (1976), ópera prima de la norteamericana Ann Beattie. El prólogo de Rodrigo Fresán no puede comenzar de forma más perfecta: "El frío ahí afuera, el frío que asciende cuando desciende el calor del amor, el frío que corre por los pasillos del cuerpo que unen o desunen el corazón con el cerebro...el frío que se siente en los huesos cuando comienzan a cerrarse las puertas de la juventud..".
Editada por Libros del Asteriode - que contiene una genial colección de literatura con obras de la talla de Robertson Davies, Nancy Mitford y William Maxwell - cuyas novelas son traídas a Chile por Hueders y se pueden encontrar en librerías como Metales Pesados, Takk y Ulises, Postales de Invierno es una de las más influyentes novelas de la década de los setenta y retrata como ninguna otra el desencanto de toda una generación americana. "La fuerza y la influencia de Beattie proceden de su inmersión en el desconcierto estoico de una generación sin causa”, dijo sobre ella una vez John Updike.
Bañada por una banda sonora de lujo - que se puede encontrar en myspace - con referencias a Bod Dylan, George Harrison - con la tremenda "My Sweet Lord"-, Donovan, The Rolling Stones, Eric Clapton, entre otros, sus páginas encierran un mundo de contrastes: pasajes cómicos - mucho sarcasmo - y pequeñas tragedias, sentimientos que brotan o que se diluyen con la nieve, amaneceres melancólicos y locuras nocturnas, pasiones olvidadas y heridas aún abiertas. Narrada en tercera persona, la novela retrata la vida de hombres y mujeres al borde de la disfuncionalidad como su protagonista, Charles, quien sigue obsesionado por Laura, su antigua novia casada con otro; su amigo Sam, eterno compañero deprimido por la muerte de su perro; y su amiga Pamela, una hippy trasnochada en busca de su identidad sexual. Lo siguen la madre de Charles llamada Clara y su hermana Susan, cuyos parámetros sicológicos siguen la tendencia del resto de los personajes.
Como si se tratase de un film de Sam Mendes - "Belleza Americana" (1999), "Camino a la Perdición" (2002), "Vía Revolucionaria" (2008) -, la mediocre vida de los personajes de Postales de Invierno es la radiografía de una sociedad que busca en medio de su hastío un pedazo por pequeño que sea de eso que llaman sueño americano. Se saben loosers, están ahí y es lo que les tocó vivir pero ello no les impide luchar por la felicidad. Es así que cuando llegamos al final, pareciera que a Charles el sol lo ilumina - "es un final cálido" como dice Rodrigo Fresán -mientras afuera la nieve sigue cayendo y otros encerrados en sus casas miran por la ventana esperando que llegue su turno.
En un principio, el frío de la noche de domingo inundaba todos los rincones del Normandie y la ansiedad bajaba aún más la temperatura. Apenas se apagaron las luces y apareció en escena Mark Lanegan junto a Dave Rosser todos nos olvidamos del frío y comenzamos un perfecto viaje por su prolífica discografía, repasando canciones desde sus inicios grunge con Screaming Trees, pasando por el stoner rock de los Queens of The Stone Age hasta su etapa solista incluyendo su último álbum Bubblegum.
El repertorio limpio e insuperable - sólo se echó de menos algún tema del proyecto Mad Season -, tuvo el mismo orden del que realizó en el Samsung Studio de Buenos Aires y comenzó con "When Your Number Isn´t Up" - del álbum Bubblegum - seguida de la estremecedora "One Way Street" y "No Easy Action" - ambas de su flamante álbum solista Field Songs -. El set abarcó además, entre otras, a "One Hundred Days" , "Like Little Willie John" , "Wild Flowers", "Can't Catch The Train", la apasionante "Don't forget me" y "Resurrection song" - las dos últimas también del álbum Field Songs -. La interpretación que Lanegan hizo del cover de Pink Floyd "Julia´s Dream" fue escalofriante y cuando emprendió su regreso a los tiempos de Screaming Trees con "Where The Twain Shall Meet" y sobre todo con "Traveler", los poco más de cuatrocientos asistentes nos llenamos de nostalgia.
A estas alturas Lanegan no sólo es el sucesor de la voz de Tom Waits, sino que cada vez adopta un parecido físico que hace como si el viejo Waits se encarnara en él. Esa voz rasposa, ronca, que suena a whisky añejo y resaca, que parece provenir del bar mas subterráneo que exista y esa parada en escena imponente junto al micrófono muestran al crooner de Washington en toda su potencia. De otra voz áspera, el desaparecido Jonny Cash, hereda el delirio por las canciones, su pasión por las historias, el agarre en la poesía.
Sin otros apelativos, lo que escuchamos en este show acústico no es otra cosa que blues, un blues que corre por la venas y sangra con cada susurro de Lanegan. Su voz poderosa, amplificada por el alma, brota en canciones llenas de emoción. La pasión se engendra en letras que no resisten a otra voz y que se aferran al cuerpo de un hombre que cruza el desierto por más oscuro que sea. El intenso final, con "Hangin´ Tree" - de su etapa en Queens of The Stone Age - fue el cierre perfecto de la noche. Y tal como ocurrió hace dos años en el mismo Normandie con Bill Callahan: el frío ya se ha ido, sólo quedan las canciones.